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Las guerras de Oriana Fallaci

domingo, 25 de julio de 2010

Por: Gustavo Páez Escobar

Comenzando la adolescencia, Oriana Fallaci conoció la guerra. Esto sucedía en el régimen fascista de Mussolini. Su padre, activo combatiente de la resistencia contra el nazismo, influyó en el pensamiento de la joven bajo los postulados de la libertad. Oriana se vinculó al movimiento armado que luchaba contra la ocupación nazi en Toscana, su región natal. De ahí en adelante su vida estuvo marcada por la guerra.

A los 17 años se inició en el diario Corriere della Sera, donde escribió innumerables artículos a lo largo de su vida. Como corresponsal de guerra estuvo presente en grandes conflagraciones, como la guerra del Vietnam en los años 60 y la del Golfo Pérsico en los 90. En 1968, cuando adelantaba su labor de prensa dentro del conflicto estudiantil que se cumplía en la Plaza de las Tres Culturas de Méjico, fue herida de gravedad y tuvo que abandonar el trabajo durante varios meses.

Cubriendo los sucesos bélicos en numerosos lugares del planeta, se acrecentó su sensibilidad hacia todo lo que significara tortura y oprobio para el hombre. Los actos de tiranía los censuraba con su palabra encendida, virulenta a veces, en la que no cabían términos medios para condenar la maldad y reclamar la justicia. Oriana Fallaci no transigía frente a sus principios. Con esa bandera se hizo conocer en el mundo y temer de los poderosos.

Disparó sus mayores dardos contra los gobernantes transgresores de los derechos humanos. Se volvió maestra del reportaje, desempeñado con altura y mordacidad crítica. Con esta facultad llegó a grandes líderes del mundo, que sabían de antemano que la reportera no tenía inhibición para formular preguntas desenfadadas y audaces, que solían poner en calzas prietas a los entrevistados, o dicho de otro modo, ponerlos contra la pared.

En Entrevista con la historia, publicado en 1974, recoge reportajes realizados a gente célebre, como Henry Kissinger, Golda Meir, el ayatola Jomeini, el sha de Persia, Gadafi, Yacer Arafat, Indira Gandhi, Mao Tse Tung, Federico Fellini, Robert Kennedy, entre otros. Al ayatola Jomeini lo tildó de tirano y en señal de protesta, que también era irrespeto y provocación, se quitó el chador (velo que cubre la cabeza), con el qque había sido obligada a realizar la entrevista. Kissinger, fustigado con las preguntas, manifestó después del reportaje: “Jamás entenderé por qué acepté”.

Con la siguiente frase, alguien dibuja la actitud crítica de la reportera: “Las preguntas de Oriana eran arañazos en el rostro de la mentira para descubrir la verdad”. Su posición incisiva y beligerante le acarreó oprobios y enemistades, y al mismo tiempo le hizo ganar alto prestigio mundial. Un analista la califica como “guerrillera del mejor periodismo del siglo XX, casi siempre frente al poder”.

Libró encarnizado combate contra el fundamentalismo islámico, con motivo de los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001. A raíz de sus críticas implacables contra ese movimiento, recibió agravios y fue involucrada en procesos judiciales. Pero nunca se intimidó ni dejó de decir su verdad.

En sus libros La rabia y el orgullo (2002) y La fuerza de la razón (2004) arremete contra el radicalismo islámico, considerado por ella el mayor peligro para la paz del planeta. En el primer libro analiza la intención del Islam de quebrar el equilibrio de Europa para luego dominar el mundo. Y denuncia un proceso de islamización de Occidente, temor que le hizo crear el término Eurabia, con el cual llama la atención a las democracias del mundo a fin de que sus dirigentes, sobre todo los de las grandes potencias, adopten políticas eficaces para frenar la ola de violencia que se vive desde el atentado a las Torres Gemelas. En el libro Oriana Fallaci entrevista a Oriana Fallaci, editado en agosto de 2004, que es su último reportaje, hace serias advertencias sobre el “cáncer moral que devora a Occidente”.

Durante años fue la periodista más amada y odiada del mundo. Su estilo fogoso y sus escritos polémicos provocaron reacciones encontradas. Pero ganó la periodista de garra, la valiente reportera, la escritora de prestigio, que por encima de todo defendía la dignidad del ser humano y combatía el despotismo. Sus obras fueron traducidas en numerosos países y tuvieron ventas formidables.

La guerra fue un fantasma que la persiguió hasta el último momento. Siempre estuvo en plan de combate. Su última guerra fue contra “El otro” (como denominaba al cáncer). Descubierta la enfermedad en 1991, la manejó con amplias dosis de filosofía por espacio de quince años. Manifestaba que no le tenía miedo a la muerte, pero que no podía evitar “una cierta sensación de melancolía. Me desagrada morir, sí, porque la vida es bella, incluso cuando es fea”.

Al presentir que llegaba su hora final,  en forma discreta se trasladó de Nueva York a Florencia, su solar nativo, donde buscó y encontró el descanso eterno. Murió con la  bandera en alto y satisfecha de sus convicciones. Vivió la guerra y la escribió para la historia. En Carta a un niño que no nació (1975) existe un párrafo de impacto que pinta la descomposición humana que ella trató de remediar:

“En cualquier sistema que nazcas, bajo cualquier ideología, siempre hay un fulano que limpia la alfombra de otro, hay siempre una niña humillada por un deseo de bombones. Nunca encontrarás un sistema, una ideología, que pueda cambiar el corazón de los hombres y borrar de él la maldad”.

El Espectador, Bogotá, 25 de septiembre de 2005.

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Comentarios:

Desaparece así la encarnación de la rebeldía romántica e inteligente, de la cual deberían aprender los actuales periodistas nacionales, salvo contadas excepciones. Jairo Fernando Castillo González.

Lo que tal vez Oriana supo y no contó fue que el sistema sin amor no era vida, así la ideología y los fulanos que limpien alfombras o las niñas que se humillaron por los bombones no lo conocieran. Pero al conocerlo y vivirlo se encuentra el verdadero sistema de vida. Muy buen artículo. Juan Carlos Campuzano, Bogotá.

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